Y el té, en Tombuctú…

Y el té, en Tumbuctú…

Lo que más me llamo la atención eran los suelos, de toda la casa, cubiertos de arena; allí no había baldosas, cemento o madera…
Una mujer, con una escoba la removía mientras otras – en las casas africanas siempre hay mucha gente, varias familias…- colocaban alfombras de vistosos colores por el suelo.
Luego, en la “ciudad sagrada de los 333 santos”, apareció la tetera humeante.
Sin prisas, siguiendo unos movimientos rutinarios mil veces repetidos, echo la hierba del té, abundantes hojas de menta, un azúcar poco refinado y lo dejo hervir sobre unas brasas olorosas..
Pasaron los minutos.
Las mujeres iban y venían; los hombres, todos sentados en el suelo, conversábamos mientras se hacia el té que, finalmente, se escancio en los vasos de cristal desde una cierta altura, consiguiendo la espuma necesaria, una forma de honrar al visitante..
Luego sorber, ruidosamente, el te en la ceremonia de las tres rondas habituales: la primera taza es “amarga como la vida”, la segunda “dulce como el amor” y la tercera “suave como la muerte”….

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